EL MUSEO GUGGENHEIM:CABALLO DE TROYA» DEL LOBBY JUDÍO EN EUSKALERRÍA

 

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EL MUSEO GUGGENHEIM:
«CABALLO DE TROYA» DEL LOBBY JUDÍO EN EUSKALERRÍA

A finales de diciembre de 1996 se completó el organigrama del consorcio Guggenheim Bilbao que gestiona la pinacoteca del mismo nombre, auténtico «caballo de Troya» del lobby judío en el País Vasco, interesado en el desman­telamiento de las industrias pesadas sobre la ría de la capital vizcaína, en cuyos terrenos -que ya no son de uso portuario, y que fueron sometidos a un proceso de reordenación urbanística-, comenzaron a construirse zonas residenciales, comerciales y de servicios y ocio, a fin de com­pensar la cada vez más intensa actividad empre­sarial de los parques de investigación tecnológi­cos, que iniciaron su andadura en la década de los ochenta, en época de expansión, como el de Zamudio (Vizcaya) a tan sólo doce kilómetros de Bilbao, el cual ha exportado su modelo espe­cializado en tecnologías de la información, especialmente en el sector de telecomunicacio­nes, además de la industria militar, a los parques tecnológicos de Miramón (Guipúzcoa) y Miñano (Alava).

El Museo de Bilbao debe su nombre, Guggenheim, a una de las grandes familias judí­as que, junto a otras mucho más conocidas (Rockefeller o Rothschild), fijaron durante los primeros años de este siglo, la base para los oli­gopolios que controlan hoy el mercado mundial de la industria de los minerales.

El método del lobby judío para alcanzar sus objetivos es -como suele ser habitual en estos casos- utilizar la vía cultural, a través de simposios, conferencias o campañas turísticas, así como a través de otras actividades auxiliares propias del Museo, en cuyo patronato -presidi­do por Josu Bergara, diputado general de Guipúzcoa- se encuentra el financiero judío Jacques Hachuel, encausado actualmente por el caso Carburos de Banesto en la época de Mario Conde.

Aunque la dirección general y la geren­cia de este Museo de arte moderno y contempo­ráneo, diseñado por el arquitecto judío Franz O. Gerhy (nacido Goldberg, premio Pritzker de Arquitectura en 1996), recayó en un español, Juan Ignacio Vidarte (un economista formado en la Universidad de Deusto -feudo jesuita- y en el Massachusetts Institute of Technology-MIT), el modelo de gestión que se impuso lleva la marca de Thomas Krens, el director de la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York, cada vez más próxima al procedimiento de los bro­kers (comisionistas) de Wall Street. Un Thomas Krens que -como le decía al profesor Joseba Zulaika, autor de Crónica de una seducción: el Museo Guggenheim Bilbao- se define a sí mismo como “un seductor profesional”, alguien que seduce «a la gente para que haga donaciones de 20 millones de dólares», porque «la seduc­ción consiste en hacer que la gente desee lo que tú deseas sin que se lo hayas pedido. Se trata de una transferencia del deseo»; en consecuencia:

«soy en cierta forma la mayor puta del mundo». De hecho, la estrategia de Krens ha sido de lo más galante, algo así: «El País Vasco paga todo para siempre y el Guggenheim de Nueva York presta algo por un tiempo», porque, lejos de invertir, el Guggenheim lo que ha hecho -como dice Luis Fernández-Galiano- ha sido «cobrar una franquicia, disponer gratuitamente de un edificio y recibir una subvención anual que cubra la diferencia entre sus ingresos y sus gas­tos: alquila su nombre y lo explota comercial­mente, beneficiándose de la extrema debilidad negociadora de los vascos, dañados tanto por la decadencia industrial y la erosión de la violencia», hasta el extremo de conseguir que el lehendakari de entonces, José Antonio Ardanza, fuera a la sede neoyorkina del banco judío de inversiones Merrill Lynch (cuyo máximo ejecu­tivo es David Komansky, siendo Moisés Israel el director de Investment Banking de Merrill Lynch en España) a firmar el acuerdo que vinculaba a las administraciones vascas. A partir de ese momento el gobierno vasco se anunció en The Economist para captar capitales extranjeros.

El acuerdo final fue firmado el 13 de diciembre de 1991 por Gianni de Michelis, miembro del patronato del Guggenheim, y por parte vasca, José Alberto Pradera, diputado general de Vizcaya, y Joseba Arregui, consejero de Cultura del gobierno vasco. De Michelis (ex ministro italiano de Asuntos Exteriores y presidente del Instituto Aspen, en la órbita de la Comisión Trilateral) fue la «baza secreta» que Thomas Krens jugó para desbloquear el proyecto. «Su papel consistió en, desde la sombra, “dar cober­tura política a los nacionalistas vascos” ante las objeciones de los socialistas», aplicándose «la política secreta de los hechos consumados», que resultó ser una increíble escenificación-chanta­je. Hoy, De Michelis se encuentra atrapado en Italia en una maraña de procesos judiciales acu­sado de corrupción.

El museo se inauguró el 19 de octubre de 1997, haciéndolo coincidir con la fecha elegida para celebrar un sorteo extraordinario de la Lotería Nacional destinado a recompensar eco­nómicamente a las víctimas del terrorismo ante­riores a 1981, brindando así -en palabras del ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja- «una buena ocasión para que recordemos a las vícti­mas», indicando indirectamente la intención holocáustica del Museo.

Pero aún hay más. Para sentar definitiva­mente las bases de un museo holocáustico, al uso se reclama la presencia del Guernica, el cuadro de Picasso que representa la tragedia del bombardeo de la Legión Cóndor de los nazis a la ciudad vasca de Guernika el día 26 de abril de 1937. De hecho, esa era la intención de Thomas Krens, dicha de forma críptica en 1991: hacer « museo heroico para un cuadro heroico» o, lo que es lo mismo -en palabras de Joseba Zulaik- «el grito más aclamado de la resisten­cia antifascista, reducido a reclamo publicitario de su proyecto-franquicia (Guggenheim)». Opinión compartida -¿cómo no?- por el histo­riador judío Robert Rosenblum, experto en Picasso y conservador del Guggenheim de Nueva York. Thomas Krens, como era de espe­rar, se puso del lado del gobierno vasco, adu­ciendo que «los vascos pagaron de un modo simbólico» por dicha obra. Artes de seductor.

A partir de ese momento, el cuadro del Guernica fue «cuestión de Estado» para los nacionalistas vascos. Sin embargo, el Museo fue inaugurado sin la presencia del Guernica de Picasso, sino con más de trescientas obras de la colección de la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York, y la muestra Un siglo de escultura, procedente del fondo del coleccionista judío Nasher, a la que sucedió unos meses después la colección de arte forma­da por dos médicos judíos neoyorquinos, Melvin Blake y Frank Purnell, éste ya fallecido, apasionados por el realismo y la representación artística de la figura humana.

En este contexto, comenzaron a finan­ciarse conferencias, exposiciones, etc., donde intelectuales y artistas (judíos en su mayoría) presentaron híbridos sentimientos contrapuestos de culpabilidad y de memoria nacional, a fin de no extirpar ningún sentimiento de nostalgia. Métodos: recordatorios constantes del horror y del crimen, según el canon del Holocausto. Y si ello se impone con toda clase de perversas capa­cidades de ironía, mejor que mejor, porque ello produce la reacción reivindicativa contra el ago­bio de la propaganda de la autoinculpación.

Estos fueron, por ejemplo, los presupuestos del artista judío-alemán Anselm Kiefer, elegido sig­nificativamente como el primero en instalar sus obras en el Museo, seguido a continuación de numerosos artistas judíos norteamericanos, como Roy Lichtenstein, Claes Oldenburg, Mark Rothko, los clásicos vanguardistas Alberto Giacometti, Vassily Kandisnky, Jackson Pollock, y los actuales Jeff Koons, Jenny Holzer, Magdalena Abakamowicz, Daniel Buren, Boltansky, Sol Lewitt, Julian Schnabel, James Rosenquist, etc. En el entorno del Museo se ins­taló un estanque y una fuente de fuego del artis­ta judío-francés Yves Klein. El resto ya se puede prever. Incluso se programó para noviembre de 1998 una retrospectiva de otro artista judío, Robert Rauschenberg, considerado uno de los pioneros del arte multimedia.

El Museo Guggenheim, por tanto, es el nuevo santuario del lobby judío en España, a modo de caja de Pandora que encierra muchas sorpresas, a modo de «exorcismo económico» -según acertada expresión de Luis Fernández ­Galiano-, si se tiene en cuenta las técnicas importadas de los mercados de valores y la inge­niería financiera con las que se gestiona dicha institución. Una caja de Pandora capaz de atraer todo tipo de eventos culturales y políticos que reafirmen el poder del capitalismo judío.

Podemos decir judío-cristiano porque son evi­dentes en el País Vasco los «vasos comumcan­tes» que hay entre el judaísmo y la influencia del jesuitismo y el puritanismo jansenista, propios de la oligarquía empresarial vasco-navarra, tan proclive a percibir la relación entre finanzas y desarrollo industrial.

Las conexiones de la élite económica vasca con los judíos tiene una historia de más de ciento cincuenta años, cuando a partir de 1840 varios emprendedores judíos de la comunidad de Bayona, al sur de Francia, se trasladan a Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra para montar allí sus negocios.

Por otro lado, la cúpula del nacionalismo vasco estuvo ligada desde sus orígenes a la Universidad de Deusto, uno de los centros de máximo prestigio regentados por la Compañía de Jesús, la orden de los jesuitas originaria de Euskadi. La lista es inagotable: los hermanos Arana, fundadores del PNV; José Antonio Aguirre, primer presidente Vasco; Xavier Arzallus, actual patriarca del PNV; José Antonio Ardanza, ex presidente de la autonomía vasca, etc. ¡Y qué no decir también de la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas (ESADE), uno de los centros de for­mación empresarial más importante de España, con técnicas norteamericanas, y controlada tam­bién por los jesuitas!

Si a esto añadimos los contactos de nacionalistas vascos con Israel -que viene de antiguo-, el cuadro se completa. Así, por ejem­plo, en 1989 -según refiere José Antonio Lisbona, autor de Retorno a Sefarad (La políti­ca de España hacia sus judíos en el siglo XX)- se conocieron las primeras noticias sobre la soli­citud y posterior formación paramilitar a unos

gudaris (combatientes vascos), entre enero de 1974 y mayo de 1977, por parte de militares per­tenecientes a una unidad de élite de las fuerzas armadas de Israel. Los contactos fueron llevados por Primitivo Abad Gorostiza, comandante vasco con larga trayectoria militar en la guerra civil y en la II Guerra Mundial, el cual tomó contactos en Tel Aviv con algunos militares israelíes que estuvieran dispuestos a entrenar comandos paramilitares de jóvenes vascos que, bajo la garantía del gobierno de Euskadi, fueran enviados a Israel.

En abril y noviembre de 1976, Juan Ajuriaguerra y sus dos hombres de confianza, Luis María Retolaza y Xavier Arzallus -que conocía todos los detalles de la operación-, jun­tos a otros dirigente del PNV; estudian la posibi­lidad «de estrechar lazos comerciales y de her­mandad con Israel», idea ya considerada en 1974 por el lehendakari en el exilio, José María Leizaola. Se piensa abrir una especie de oficina comercial del gobierno de Euskadi, que, además de servir de tapadera para las siguientes opera­ciones y viajes, funcionará como empresa de importación-exportación entre Euskadi e Israel. Y todo ello diez años antes que España estable­ciera relaciones diplomáticas oficiales con Israel.

A primeros de 1977, tres jefes de coman­dos vascos viajan a Israel, a saber: Primitivo Abad, José Luis Irureta y Joseba Emeldi. Este último vinculado a los residuos de los servicios de información vasco-norteamericanos que fun­cionaron en la posguerra, primero adscritos a la OSS y a partir de 1947 a la CIA. Su inclusión fue forzada por Ajuriaguerra y Retolaza, que veían en él un posible jefe futuro de la Ertzaintza (policía vasca). La operación fue un fracaso. Pero el 15 de junio de 1977, en las pri­meras elecciones generales, el PNV conseguía ocho escaños. Juan Ajuriaguerra y Xavier Arzalluz se convertían por tanto en diputados en el Congreso.

Finalmente, cabe reseñar que la mayoría de los siete grandes Bancos privados españoles se fundaron con capital principalmente vasco: el Banco de Bilbao y el Banco de Vizcaya (cuyo último presidente, antes de fusionarse con aquel, fue Pedro Toledo, de origen judío), el HispanoAmericano, e incluso el Banesto, cuyos podero­sos vínculos vascos se remontan a la evolución que tuvo a partir de la compañía original de los hermanos judíos sefardíes Pereire, Crédito Mobiliario Español, la principal empresa de cré­dito y finanzas que había entonces a finales del siglo pasado en España, donde competía con la Sociedad Española Mercantil e Industrial, cuyos fondos principales provenían de la familia Rothschild.

Pero prosigamos. El Museo Guggenheim llegó a ser el escenario para la entrega del pre­mio Pritzker de Arquitectura (equiparado al Nobel, y que convoca la Fundación Hyatt) al español Rafael Moneo. La entrega del premio fue preparada por el judío Philip Bloch, director del famoso hotel Villamagna de Madrid, perte­neciente a la cadena de hoteles Hyatt, propiedad del magnate judío Jay Pritzker de Chicago (fallecido el 23 de enero de 1999), descendiente de Abe Pritzker, uno de los asesores y expertos en finanzas del gran capo mafioso Capone. Los Pritzker centran sus negocios, además de la cadena hotelera Hyatt, cuya fundación preside Thomas J. Pritzker (hijo mayor de Jay), en un conglomerado muy reservado con ramificacio­nes en más de sesenta empresas.

Igualmente, el 31 de mayo de 1997 se celebró en el Guggenkeim, a puerta cerrada, la concesión de otro premio Pritzker al arquitecto noruego Sverre Fehn, en cuyo acto estuvieron destacados miembros de la plataforma judía española, como Alicia Klopowitz, copropietaria entonces junto a su hermana Esther de Fomento de Construcciones y Contratas (FCC), buque insignia de un holding multinacional de podero­sa influencia económica.

Había que promocionar el País Vasco para la captación de inversiones extranjeras, una vez que los vascos han adquirido una atractiva auto­nomía tributaria.

Por tanto, el Museo Guggenheim, con el pretex­to del arte y la política, no esconde más que inte­reses financieros y urbanísticos. Pronto apare­cen los intereses de algunos inversionistas judí­os norteamericanos como Samuel LeFrak y Ronald O. Perelman (calificado como «pirata de las finanzas»), al socaire de los privilegios fisca­les que han otorgado oxígeno a las grandes operaciones urbanísticas y arquitectónicas, no sólo de Bilbao, sino de todo el País Vasco.

LeFrak es conocido por su extraordinario nego­cio inmobiliario de Nueva York, y Perelman es el director general de MacAndrews & Forbes Holdings, que controla -entre otras empresas-Revlon, Marvel Entertainment y First Nationwide Bank.

Perelman quien entonces era el presi­dente del consejo de administración de la Fundación Solomon R. Guggenheirn, siendo Peter Lawson-Johnston (nieto de Solomon R. Guggenheim) su presidente honorario-, junto a sus colegas judíos Carl Icahn, Henry Kravis, Samuel Heyman y Rupert Murdoch, son consi­derados, por sus imperios económicos, «los nue­vos Rockefellers» o, lo que es lo mismo, los nuevos robber barons (nobles ladrones), según aquella expresión con la que se denominó a la nobleza industrial de América, después de la guerra de Secesión, a saber; los Morgan, Rockefeller, Vanderbilt, Carnegie, Harriman, etc., por la mezcla de nobleza y pícara astucia con que desarrollaron sus negocios.

Otro de los judíos donantes de la Fundación Guggenheim es Peter B. Lewis, pro­pietario de la Progressevie Corporation, compa­ñía del sector de los seguros de Ohio, y que fue elegido en noviembre de 1998 nuevo presidente de la Fundación.

En este orden de ideas, el País Vasco ha tenido que cambiar la imagen de sus principales ciudades, en un proceso de regeneración y reconversión industrial, en el que destaca Bilbao, volcándolas hacia los servicios. De este modo, el que fuera el cinturón industrial más importante de España se convirtió en tierra de avance de las líneas mercantil-usureras, apoya­das por los empresarios vascos y por el consor­cio Bilbao Metrópoli-30, una asociación que reúne a más de un centenar de empresas privadas, instituciones públicas y grupos sociales, y que tiene como fin -en palabras del miembro de la Comisión Trilateral, Antxón Sarasqueta- «Un proceso de revitalización de la capital vizcaína en un espacio que agrupa a un millón de habi­tantes (…), teniendo como idea original el cam­bio protagonizado en la misma dirección por la ciudad norteamericana de Pittsburgh. ¿Cómo hacer de Bilbao una metrópoli internacional del futuro?».

Un consorcio, por cierto, que está presi­dido por José Antonio Garrido, vicepresidente de Iberdrola y vicepresidente de la Fundación Cotec para la Innovación Tecnológica, y miem­bro -junto a Alfonso Cortina, presidente de Repsol y miembro del consejo de administra­ción del Banco Bilbao Vizcaya (BBV)- de la European Roundatable of Industrialists (ERT), fundada en 1983, con sede en Bruselas y presi­dida actualmente por Helmut O. Maucher, patrón de la Nestlé, y que cuenta con 45 presidentes de multinacionales europeas, auténtica quinta columna que inspira la política de la Unión Europea.

Esta fiebre revitalizadora en Bilbao ha traído consigo la mejora de los accesos a la ciu­dad, con la ampliación del aeropuerto, que se convierte en uno de los más avanzados de Europa; una nueva red de metro, ideada por el arquitecto británico Norman Foster; y la cons­trucción de un superpuerto, auténtica arteria de la nueva economía de servicios de una ciudad que se promueve en el exterior como centro arti­culador del eje atlántico; así como la construc­ción de espectaculares edificios y puentes, como el Palacio de Música y Congresos, el puente Euskalduna o el centro comercial y de negocios, diseñado por el arquitecto César Pelli al más puro estilo neoyorquino.

Nada más inaugurarse el Museo Guggenheim algunas empresas se comprometie­ron a invertir en el sector de los inmuebles pró­ximos, tal la sociedad promotora Filo, controlada por el Banco de negocios norteamericano Bankers Trust Company y por el Grupo Mondragón Corporation Cooperativa (MCC), que va a construir un nuevo centro comercial Max Center, en un solar que compró a la socie­dad Ría 2000, la agencia inter-institucional cre­ada para fomentar el desarrollo de Bilbao.

Los empresarios vascos están contentos. Se están eliminando las incertidumbres para abrir la puerta a la inversión extranjera. La sobe­ranía fiscal que disfrutan las diputaciones fora­les ha llevado a rebajar el tipo general del Impuesto de Sociedades, lo cual ha servido para captar empresas multinacionales como Unilever, Pepsico y Chase Manhattan, entre otras.

Cualquier aproximación a la estructura del poder en el País Vasco nos conduciría inevi­tablemente a la investigación de las corporacio­nes, lo cual resaltaría, sin lugar a dudas, el papel de los servicios secretos españoles (el CESID, con ayuda de otras inteligencias, entre las que cabe citar indudablemente al Mossad israelí), como protectores y promotores de la expansión del capital de las empresas multinacionales loca­lizadas en los centros estratégicos vascos, de la misma manera que la CIA, por ejemplo, ha teni­do un protagonismo especial en este mismo sen­tido en los países hispanoamericanos. Hay muchos indicios para analizar a fondo este tema.

 

 

 

 

 

 

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Una respuesta a EL MUSEO GUGGENHEIM:CABALLO DE TROYA» DEL LOBBY JUDÍO EN EUSKALERRÍA

  1. DavidRS dijo:

    Muy buen artículo, has ganado un lector, me acabas de dejar anonadado, y yo que pensaba que los judíos apenas tenian influencia en España, cuanta ignorancia…sigue escribiendo, no estas solx, saludos

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