LA DICTADURA FEMINAZI

Mauro lleva toda la semana esquinado conmigo. Está cabreado por el último post que escribí en el que recriminaba a los padres su pasotismo con algunas tareas de los peques. Mi marido asegura que me salió la vena ‘feminazi’ y sostiene que fui muy injusta con él. Así que lleva dos días dándome la chapa y creo que ahora le toca el turno de hablar a él. Mauro está harto de que haga lo que haga siempre le ponga un ‘pero’; está cansado de que no se le valore lo suficiente; está hastiado de tener que cargar con el sambenito de lo que hicieron nuestros padres.

Considera que hay toda una generación de hombres que está siendo minusvalorada: “Nos tenéis apabullados, ‘abubillados’. El problema es que ya no podéis vender el rollo macho y os estáis quedando sin excusas porque, en el fondo, os encanta el papel de sufriditas. Nosotros no nos merecemos esto y cuidamos de nuestros hijos igual que vosotras”, me insiste después de comer, mientras Vera y Roque inician la sexta pelea del día por una pistola de agua.

Tras este primer ataque inicial, comienza la segunda ráfaga de metralleta. Me recuerda que en el post pasado cometí una grave omisión: se me olvidó poner que es él quien cocina en casa. Efectivamente, tiene razón: a Mauro se le dan muy bien los fogones y yo ya no sé ni hacer un huevo frito. “Pero eso nunca se cuenta. La mayoría de mis amigos son ellos los que cocinan y hacen la compra. En ese aspecto, ya no podéis quejaros como lo hacían vuestras madres”. Ahí, le pillo y le replico que nuestras queridas y adoradas madres no trabajaban de ocho a 12 horas fuera de casa. Y, además, a nosotras tampoco nadie nos reconoce nada.

Le da igual, ya ha cogido carrerilla y la bandera del hombre incomprendido. Me echa en cara que por qué por su condición de varón tiene que ocuparse del bricolaje de la casa y de montar los muebles de Ikea. Hasta ahora le he escuchado pacientemente, pero me está empezando a tocar las narices. Le digo que, total, para las chapuzas que hace: “¡Anda! ¡Si poner un clavo en este casa es un auténtico drama!”. Nuestra bronca va subiendo de tono, al igual que la de Vera y Roque, que han pasado de tirarse de los pelos a darse patadas.

Roque comienza a llorar como un descosido y cuando Mauro me va a echar en cara mi incapacidad tecnológica, huyo a tranquilizar al niño. No estoy dispuesta a escuchar que no sé ni poner el DVD y que me costó semanas aprender a colocar el módem del ordenador. Temo que la lista de reproches vaya en aumento. Roque se convierte en mi tabla de salvación y le consuelo como no lo había hecho nunca en la vida. Tal vez Mauro tenga razón y nosotras no seamos tan ‘superwoman’ ni ellos tan ‘machas’. A lo mejor es verdad que ellos siguen purgando los pecados que cometieron nuestros padres y nosotras los de nuestras madres

artículo aparecido en EL MUNDO

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/08/29/gentes-verano2011/1314642614.html

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