CONTRA EL LIBERALISMO DEL SIGLO XIX

Manuel Fernández Espinosa

El historiador marxista británico Eric J. Hobsbawm (1917-2012) sostenía que “La península ibérica tiene problemas insolubles, circunstancia común, e incluso normal, en el “tercer mundo”, aunque extremadamente rara en Europa”. Lo de “problemas insolubles” lo dice él; España no tiene más problemas que cualquier otro país europeo desde que la pseudo-reforma protestante y el liberalismo existen y su grado de solución es tanto como el de cualquiera (sería hora de dejar atrás ese paralizante fatalismo). Para fundamentar su dictamen Hobsbawm recurría a los estudios de su compatriota Raymond Carr los cuales concluían que, en el curso del siglo XIX, en España había fracasado el liberalismo (desarrollo económico capitalista, sistema político parlamentario burgués y desarrollo cultural e intelectual occidental); si en España -parece decirnos Hobsbawm- hubiera triunfado el liberalismo, todo sería mejor e incluso nos ahorraría tal vez llamarnos eso de “tercer mundo”.

No vamos a enredarnos en las consecuencias hipotéticas de lo que hubiera sido España de triunfar sin oposición el liberalismo, eso vamos a dejárselo a los visionarios de la historia ficción, lo que sí interesa es constatar que el liberalismo no triunfó en España y ni que decir tiene que es algo que aplaudimos. Es a la hora de entrar a identificar los obstáculos con los que se encontró el liberalismo con lo que habría que lidiar. Los primeros que, sin dudarlo, se oponen frontalmente al liberalismo son los carlistas: la resistencia carlista al liberalismo tuvo mucho de instintiva defensa del orden tradicional, pero por encima del instinto de los voluntarios del pueblo planeaba -y esto no hay que olvidarlo- la dirección de lo que, permítaseme denominarle, era la “intelligentsia” del carlismo: la facción de los “apostólicos”. Esta facción carlista estaba formada en su gran parte por el clero que había identificado el “liberalismo” como lo que era: el correlato político, económico y social de la herejía protestante. Teniendo en cuenta esto entenderemos mejor que el carlismo no fue, como quieren sus detractores, una fuerza ciega, la refractaria caverna reaccionaria -durante mucho tiempo hemos estado contemplando nuestra historia nacional con los tópicos propagandísticos del enemigo liberal del siglo XIX, heredados por la izquierda internacionalista y apátrida.

Pero no sólo fue el carlismo el gran obstáculo con el que chocó el liberalismo decimonónico. El liberalismo entendió que había que ganarse a la Iglesia católica (siempre hubo liberales, desde la Cortes de Cádiz, que así habían pensado; lo mismo que liberales exasperados que, atiborrados de anticlericalismo, habían pensado lo contrario). Los “moderados” (la derecha liberal) fue la que actuó con más astucia: frenó los excesos y desórdenes de los liberales más exaltados y anticlericales y, una vez que al clero le despojaron (desamortizando sus bienes) de las fuentes que le permitían tradicionalmente la independencia económica, lo vinieron a reducir al papel de burócrata del culto, un “estamento” ahora asalariado, a sueldo del estado liberal; y no fue poco triunfo liberal el de firmar un Concordato con la Santa Sede en 1851, pero en modo alguno fue bueno ni para la Iglesia ni para España. Una nada despreciable parte de nuestro clero quedó subordinada al patronazgo estatal y fue convertido en “deudo” de los nuevos ricos que, a cambio de una chocolatada, arrendaban un puesto en el cielo tras haber saqueado a la Iglesia. Hubo mucha claudicación, mucha componenda en un amplio sector del clero que no estuvo a la altura de las circunstancias, salvando egregias excepciones rurales más o menos combativas (como el Cura Santa Cruz) o más o menos intelectuales (Sardá y Salvany: “El liberalismo es pecado”) pero, a la postre, la conducta práctica del clero en general se percibe como una connivencia con el liberalismo y suena a: “Como los carlistas no han ganado, más vale que nos arreglemos con los moderados”. Y así nos fue a todos… El clero, con sus nuevas amistades, lo que logró fue enajenarse las simpatías del pueblo empobrecido que, mal guiado por la didáctica masonizante, se quedó con la impresión de que la Iglesia se había convertido en aliada de la burguesía incipiente y egoísta, liberal.

Por eso, en el correr del siglo XIX, una cada vez más importante masa popular, depauperada por las consecuencias de la política económica liberal, se aleja cada vez más de la Iglesia y adopta posiciones revolucionarias. Así, en el verano de 1861, estalla la sublevación de Loja (la Revolución del Pan y el Queso), pero con antelación -también en el verano, era el de 1857- unos pocos más de cien jornaleros se alzan en el campo andaluz, tomando Utrera y El Arahal, al grito de “Mueran los ricos”. Estos alzamientos llevan todavía el sello de la reacción popular contra una situación de hambre y carestía, propiciada por la profunda injusticia social que instala el liberalismo extranjerizante. Se produjeron intermitentes alzamientos campesinos en Andalucía, en Castilla y en Aragón… Pero, ¿quiénes son ahora los que lideran estos conatos tumultuarios de diversa consideración? Los demócratas y los republicanos, sin que podamos descartar que en sus lóbregos y sórdidos antros la masonería estuviera maniobrando. Más tarde, andando el tiempo, el anarquismo bakuninista aterriza en España, en el contexto de la Revolución de 1868. Con anterioridad Pi y Margall había traducido a Proudhon y el federalismo se había nutrido de estas dos canteras. El anarquismo adopta el ateísmo y transmite un inconfundible mensaje anticlerical, pero es imposible desvincular el anarquismo primitivo con un soterráneo fondo cristiano, hasta en sus formas de propagación recuerda el cristianismo primitivo. El hecho es que el anarquismo capta las simpatías y logra las adhesiones de una parte importante del pueblo pobre y el agitador anarquista releva a los curas de antaño que arengaban contra el liberalismo desde sus púlpitos. Cuenta el Barón de Laveleye (1854-1938) que, cuando vino el belga a Barcelona, los anarquistas celebraban sus reuniones en iglesias abandonadas de la Ciudad Condal: “desde el púlpito los oradores atacaban a todo…”, denunciaban las maldades del mundo capitalista y de la clase burguesa egoísta y anunciaban un mundo nuevo, una versión secularizada de la “parusía”. Sin el sustrato católico -de mentalidad católica- hubiera sido difícil que las masas se convirtieran a la nueva religión sin Dios del anarquismo; si el anarquismo no hubiera tenido ese asombroso parecido con el cristianismo, en su rechazo del liberalismo, tampoco hubiera granjeado grandes éxitos en la “catequización” de las masas campesinas y obreras españolas.

Si consideramos estos fenómenos arriba someramente planteados con la debida atención debiéramos extraer algunas conclusiones:

1. España es constitutivamente antiliberal, refractaria al liberalismo económico, político y social.

2. Lo fue en su contra-revolución, con los carlistas.

3. Lo siguió siendo en su “revolución anarquista”.

4. El fundamento de ese antiliberalismo es el sustrato católico, operante expresamente en el carlismo y operante, aunque severamente amputado en el orden trascendente, en su anarquismo posterior.

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4 respuestas a CONTRA EL LIBERALISMO DEL SIGLO XIX

  1. Mª Luisa dijo:

    Una muy interesante perspectiva que da que pensar y en la que reconozco haber deparado alguna vez.

    • M.C. falta dijo:

      Según George Woodcook y Paul Edwars, el antecedente moderno del anarquismo en Europa, se encuentra en los Diggers o Real Levelleres ingleses.
      Los Cavadores o Diggers, era una facción cristiana que luchó en la guerra civil inglesa.
      Su nombre se explica por su creencia en el comunalismo religioso. siguiendo los hechos de los apóstoles recogidos en la Biblia. Los cavadores provenían de las clases bajas y proponían una sociedad igualitaria en todos los sentidos, sobre todo en la propiedad. Son las primeras ideas republicanas, surgidas en el ejercito de Cromwell.
      El movimiento se apagó hacia 1652 debido a la destrucción de sus colonias, por los terratenientes locales.

      • M.C. falta dijo:

        Está claro que el liberalismo inglés, es la voz de los terratenientes y burgueses dominantes, que luego de servirse de ellas, traicionaron y apagaron con sangre, las políticas surgidas del pueblo.

  2. Mª Luisa dijo:

    Es lo que hacen siempre los poderosos. Utilizan al pueblo inocente como carne de cañón y luego cuando han alcanzado su objetivo se cargan a quienes les auparon. Eso ocurrió en la Revolución Francesa, en la Inglesa, en la de las 14 colonias norteamericanas, etc. Incluso también aquí en España con esa cantidad de falangistas revolucionarios, surgidos del pueblo, que fueron traicionados cuando el Decreto de Unificación y el posterior (o anterior, según se vea) pacto con el capital de sus dirigentes (los que no fueron desterrados o fusilados).
    Pero digo yo que ya nos han dado bastantes palos como para que la historia se siga repitiendo. Yo personalmente no me creo nada de quienes andan tras el poder. Quizás lo ideal sería volver a las pequeñas comunidades proto-neolíticas o epipaleolíticas, sin hospitales, sin centros de poder, con ausencia de operaciones quirúrgicas y de comodidades; con una esperanza de vida no superior a los 35 años. Para qué queremos este mundo hipócrita que tenemos, si de todos modos nos vamos a morir………

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